EL PRINCIPITO
Las fábulas han sido un recurso muy utilizado a lo largo de la historia
para explicar verdades o situaciones que era necesario hacer llegar a
toda la sociedad. Hay cientos de ejemplos de estas fábulas en la
literatura, la de la hormiga y la cigarra o la del hijo pródigo.
En general, estas fábulas o explicaciones de la realidad, trataban
de hacer accesibles a los más jóvenes aspectos de la vida en sociedad,
del comportamiento que los adultos esperaban de ellos, una vez se
hicieran mayores.
Sin embargo, nada hay, en principio, que impida darle la vuelta a
ese objetivo. El Principito es el mejor ejemplo posible de esta segunda
posibilidad. Bueno, en realidad es un fábula para todos, grandes y
pequeños, un ejercicio de bella literatura, en el que la verdad se
envuelve de sencillez en la boca de un niño que ocupa un lugar en el
imaginario popular de la cultura occidental.
Desde su comienzo, con esa curiosa e intencionada dedicatoria, hasta
las últimas palabras, el libro corretea por valles, montañas, cielo,
estrellas y mares. Todos eso con una estructura muy sencilla, con unos
cuantos personajes cargados hasta los topes de simbolismo.
El piloto, un adulto perdido en la inmensidad del desierto tras un
accidente aéreo. La rosa, bella y presuntuosa, que trata de plegar el
universo a su voluntad. El zorro, desconfiado y curioso, que busca la
compañía en cada paso. Los hombres de los planetas, cada uno de ellos
reflejo de todos los hombres.
Los baobabs, preocupación constante a la que no hay que dejar
crecer. La serpiente, mensajera de la muerte siempre la serpiente. Y en
medio de todos ellos, el Principito, el sabio de apenas un metro de
altura, capaz de ver la verdad de las cosas, de imaginarla, de descubrir
el elefante dentro de la boa, cuando nosotros no podemos ver más que un
sombrero.
La fábula del principito, un libro de fácil lectura, pero con una
digestión lenta, deja en la boca el sabor de las cosas eternas, que
permanecen más allá del paso del tiempo. En muchos párrafos se cuentan
otras pequeñas fábulas, con lo que cada lector puede descubrir esa
frase, esa verdad, que se enraíce en su interior. Ya sólo dependerá de
él cuidarla para que llegue a dar una hermosa flor. Porque, como afirma
el astuto zorro, “sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es
invisible a los ojos”.
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